Nuestros idus de mayo.

Entre propaganda, fanatismo y memoria selectiva, se prepara el terreno para un poder que no conoce límites.
Por Ariel Quiroga Vides
Abogado, analista y columnista.
La noche se cierne sobre la nación. Otrora, quienes se proclamaban perseguidos hoy están cerca de ocupar el sitial más alto para ser ejecutores. Cargan sus rencillas históricas como si fueran deudas eternas y avanzan con la confianza que da la impunidad. Meten la mano corrupta en las arcas del Estado, en esas que no pertenecen a un rey llamado presidente ni a su corte de propagandistas, sino a todos: al hombre de la casa de bahareque en Varas Blancas en Cesar, a la joven embarazada que vive en una pieza de piso rústico en las Malvinas, en Santa Marta. Su fuerza nace del robo a los más humildes, a quienes, paradójicamente, dicen defender.
La noche se cierne. El ruido de los timbales y las proclamas ocultan la realidad silenciosa de la pobreza y la inseguridad. La alianza velada entre criminales de sangre y criminales de diploma sostiene a un gobierno que de nuevo solo tiene el turno, pero cuya esencia pertenece al régimen más viejo y cruel de las iniquidades. Desde allí, su camarilla se sienta a saborear lo que cree será una victoria segura.
La noche se cierne. Quienes tienen la capacidad de encauzar la resistencia democrática —por fuerza, posición, mérito o incluso imposición— permanecen atrapados en burbujas de lujo, en la retórica fanática de la otra orilla y en el secuestro de castas que ya gobernaron y pasaron con más pena que gloria. Se han desconectado de la gente de a pie, que, abrumada, lucha por sobrevivir a condiciones cada vez más duras. Y para vergüenza de la nación, sobrevivir es lo único que parece importar.
La noche se cierne. Primero nos sedujeron con ensoñaciones y promesas. Luego nos arrojaron al más duro de los infiernos. Ahora, en las postrimerías del primer asalto, ofrecen noticias que aparentan alivio. Pero al ojo atento no se le escapa la maniobra: es la vieja usanza de la propaganda. Tras la golpiza, unas caricias. Calman la rebeldía antes de que, en el segundo tiempo, los golpes sean más feroces.
Después de los idus de mayo sabremos si la penumbra termina por cerrarse sin retorno sobre la nación. Entonces veremos si los herederos espirituales de Mao Zedong, Joseph Stalin y la dinastía Kim logran finalmente coronar a su primer rey de linaje rojo.
El que hoy se despide no sería más que una transición amable: el puente hacia una juventud narcotizada, sin norte ni criterio verdaderamente democrático. Una generación que exige libertades sin límites en Occidente, pero justifica las atrocidades en Oriente.
La silla, mientras tanto, ya está dispuesta. Preparada para un rey rojo de dientes voraces y de notorio poder infeccioso. Todo listo la más dantesca versión de Iván el Terrible.
Y mientras tanto, la noche ya no se cierne: ha caído.
El fanatismo secular —tan voraz y asesino como cualquier fanatismo religioso— avanza sin freno. Del otro lado, la defensa de la república languidece, incapaz de encontrar los oídos de un pueblo bloqueado por la rabia y el resentimiento. En su afán de venganza, muchos se entregan a una jauría que no tendrá reparo en devorar incluso sus propios despojos.

