OPINIÓN

El heredero de los 20 muertos.

Por: Ariel Quiroga

Abogado

 De niño poco entendía la metáfora de la caverna de Platón. Me parecía un análisis muy abstracto para un bisoño de provincia que tenía problemas muy concretos, y donde la abstracción solo tenía oportunidad en la imaginación que me permitía los contados espacios de juegos infantiles. Eso de que estamos en un plano donde lo que percibimos es solo una sombra desfigurada de la verdadera realidad no me calaba muy bien. Para mí las cosas eran muy palpables: éramos pobres, desplazados (pero nunca me percibí como la víctima de nadie); mis padres conseguían las tres comidas, pero siempre bajo el estrés de que para mañana no se sabía qué iba a pasar; estudiaba en colegio público; no teníamos lujos ni facilidades; siempre vivíamos arrendados; nuestra ropa era escandalosamente económica pero mágicamente duradera; y lo que más recuerdo: vivíamos en un estado de violencia e inseguridad que marcó toda nuestra existencia. Bombas, disparos, descuartizamientos, desapariciones, el profesor que no volvió, la pareja en un saco, mi papá al borde de un sardinel en espera de su ejecución, la venta del camión por las amenazas y nuestra ida a Venezuela, la muerte de aquel ciclotaxista a solo seis metros de mí, la ejecución de Tilindo en el mercado de La Paz, la autopsia de aquel zapatero —sus medias rotas, sus zapatos apaches rotos, su bóxer desgastado— por no haberle pagado a los paracos la extorsión semanal. En últimas, no es que hubiese mucho espacio para las elucubraciones sobre la naturaleza del mundo del ser y las ideas; solo lo concreto, lo real, el aquí.

Pero a mis 34 años y con algo de estudio en la cabeza, debo reconocer que el pueblo colombiano, la mayoría, sí está encerrado en una caja de resonancia que solo le permite escuchar mensajes distorsionados de la verdadera realidad. Y esa realidad es que aquello que vivíamos la mayoría de los pueblerinos como yo en mi infancia y adolescencia hoy se repite con más ferocidad e inquina.

Ya no tenemos a Pablo Escobar; hoy son varios los patrones del mal que mandan en el país. Ya no tenemos al criminal de Tirofijo, al Mono Jojoy, a Raúl Reyes, a Simón Trinidad o a los hermanos Castaño, ni a Mancuso (aunque ahora para salvarse funge como petristas). No tenemos a Santofimio. No. Ahora tenemos a Iván Mordisco, a Calarcá, a Araña y al montón de reciclados del antiguo paramilitarismo que hoy presionan para que la fallida política de paz total continúe, y ellos no solo sobrevivan, sino que prosperen.

Entre viernes, sábado y domingo más de veinte colombianos fueron reventados, desfigurados. La mayoría de ellos no podrán ser velados con el ataúd abierto porque las bombas les arrancaron el rostro o la cabeza. Y tanto dolor tiene un culpable:

VIDEO: Desastre de la guerrilla de las Farc, supuestamente “Disidente, ” contra la población Colombiana

Gustavo Petro, pues en su afán de cumplir los compromisos de campaña con sus aliados armados, se sacó la paz total del bolsillo con el propósito de cesar la persecución no solo a guerrilleros sino también a paracos, para que estos pudieran enriquecerse y expandirse sin mayores límites. Hoy, esos criminales que creen merecer más por haber puesto plata y votos están enojados con su socio y por eso no bombardean el Palacio de Nariño, sino chivas, buses y carros con familias inocentes, pues la idea es atacar pero no matar con quien sí pueden negociar.

A mis 8 años era normal escuchar de carros bomba, de secuestros masivos, ver los campos de concentración de los secuestrados de las FARC, saber del último descuartizamiento paramilitar, ver el video de la caída de la primera capital en manos de la guerrilla y la fila de secuestrados entre policías y civiles. Eso, francamente, era normal. Pero después del segundo gobierno de Uribe, donde logró que las balas sonaran cada vez menos por su política de fuerza contra los bandidos, y del fallido proceso de paz de Santos con las FARC, pensé que esto terminaría. Sin embargo, las facilidades que Petro le dio al terrorismo no tienen perdón.

Hoy la caja de resonancia hace que muchos colombianos hayan borrado deliberadamente sus recuerdos y parte de la juventud se dejó envenenar por los performances coloridos sin contenido real. Pero siempre tiene que haber quien, desde la calle real, diga lo obvio: vamos en la peor de las sendas posibles si no corregimos el rumbo. Pues es posible que el mejor y más perfecto engendro de la barbarie guerrillera llegue a la presidencia para que por tres décadas no sepamos qué es una elección ni qué es la separación de poderes, y para que los armados de rojo se conviertan en su brazo paramilitar para silenciar a quienes, como el suscrito, están levantando la voz frente a la debacle que se nos viene. Hoy Colombia va camino a ser la segunda Haití, donde la gobernanza, la justicia y la ejecución de las penas las ejercen las bandas criminales.

PDT: No tardará la foto en donde Iván Cepeda se esté abrazando con los asesinos de los 20 colombianos, y en sus mejores fantasía, será cuando él personalmente vaya a sacarlos de la cárcel, diciendo sin tapujos “no esperen que de declaraciones en contra de la paz”.

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